Hasta que el cuerpo grita: la trampa de la autoexigencia desde el alma, la mente y el cuerpo
- 23 jun 2025
- 2 Min. de lectura
Muchas veces no paramos hasta que el cuerpo se rompe, hasta que duele. ¿Para qué pensamos que debemos seguir aún cuando el cuerpo está agotado?
Mi cuerpo ha venido hablando fuerte desde hace unos años. Por eso, he empezado a escuchar más estas señales, buscando respuestas que me ayuden a sanar y para eso he tenido que integrar mente, cuerpo y alma.
Creo que muchas personas conocen esa voz interna que exige productividad constante. Desde la psicología, esta voz nos habla de esa necesidad de ser perfectos para ser vistos, aprobados o amados por nuestras figuras de autoridad y cuidado. Por eso, sanar esa herida de infancia se hace cada vez más necesario.
La sobreexigencia interna se vuelve un enemigo silencioso que alimentamos sin darnos cuenta. Con cada pensamiento rígido o juicio hacia nosotros mismos, va creciendo y nos aleja del alma.
Si alguna vez haz sentido que no puedes parar, que tienes que exigi

rte en exceso o sientes culpa al descansar, quiero contarte que esto no nació en la adultez, esto viene de la infancia; son defensas antiguas que fueron necesarias para sobrevivir, para adaptarnos al entorno que no sentíamos seguro.
Esa voz interna que juzga y nace desde el miedo:
“Deberías estar haciendo más”, “si no eres perfect@ no vales”, “No puedes parar, tienes que producir”, “No puedes descansar”, ahí se alimenta esta voz que puede llegar a reventar el cuerpo.
Entonces ahí el cuerpo habla y expresa, en consulta explico que el cuerpo es un mensajero, y que ese mensaje al no ser recibido desde otros lugares envía señales más fuertes para que se hagan cambios o definitivamente se haga un pare.
Cuando no lo hacemos se activa nuestro sistema nervioso simpático, es decir vamos a modo pelea/huida y ahí segregamos cortisol, la hormona del estrés y el cuerpo se desgasta.
Te invito a que hagas una pausa y le preguntes a tu cuerpo: ¿Qué me estás diciendo y no he querido escuchar?
Cuando me doy el permiso de parar entonces puedo escuchar con atención y mayor claridad.
El budismo propone el descanso como camino a la presencia, habla del “noble ocio” hacer espacio para simplemente ser, sin culpa. O como lo propone Elizabeth Gilbert en su libro: Comer rezar y Amar: “Dolce far niente”, el placer de no hacer nada. ¿Cuánto reto hay ahí, verdad?
La semilla lo recuerda en cada nacimiento, necesita la oscuridad y pausa para germinar. Nosotros también.
Te pregunto: ¿Y si el mayor acto de amor propio fuera permitirnos parar y descansar?
Solo basta con revisar tu cuerpo, te invito a que te tomes unos minutos y escanees tu cuerpo y puedas conectar con lo que necesita, para, por un momento... respira y vuelve a ti, para que el cuerpo no tenga que gritar.
Volver al camino del alma, -el que siempre sabe- parece ser el camino: Ayana, en el camino del alma.



Comentarios