EL ALMA NO NECESITA PASAPORTE
- 19 oct 2025
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He cruzado océanos buscando respuestas, creyendo siempre que en los lugares más lejanos encontraría lo que me hacía falta.
Recuerdo que hace unos años le dije a mi psiquiatra en una consulta: “Me voy lejos para recomponerme.”
Él me miró, sonrió y respondió: “Tú no estás rota, Paula.”
En ese momento no lo entendí. Solo pensaba que los kilómetros, mientras más lejos, me darían la paz que estaba buscando.
He salido varias veces en busca de “algo distinto”, y este último viaje no fue la excepción. Viajé buscando una nueva visión de mí y del mundo… y sí, la encontré, aunque no como yo esperaba.
Muchos de los que leen esto tal vez han sentido lo mismo: esa creencia de que cambiar de lugar resolverá lo que aún está inconcluso adentro —el ruido mental, el vacío, la insatisfacción.
¿Cuántas veces hemos pensado que, al cambiar de ropa, de trabajo o de carro, tal vez todo se arreglará?
Y sí, es cierto que los movimientos externos pueden ayudar, e incluso inspirar, pero nunca reemplazarán el encuentro con el interior.
He descubierto que los viajes son espejos. Tanto los lugares como las personas que aparecen en el camino reflejan una parte de mí; en ellos puedo verme. A veces me agrada lo que veo y otras, claro, me desafía.
Entonces comprendí que no viajo para escapar, sino para verme desde otros ángulos.
Y pude verme en Portugal, en un festival de Contact Impro (CI) —una danza pos-
moderna nacida en Nueva York que explora el contacto entre uno o más cuerpos.
Ahí entró mi ego.
Debido a una lesión en mi columna hace algunos años, durante un taller de CI en Tailandia, mi cuerpo ya no responde igual.
Y entonces, todos mis miedos salieron a bailar conmigo, pues quería bailar y destacar, ser vista y ese espacio que antes era mi refugio se convirtió en mi espejo más incómodo.
Estaba en un lugar hermoso, en Faro, rodeada de personas de todo el mundo; una chef italiana que había vivido en India cocinaba cada día maravillas. Todo era perfecto… menos mi mente.
Los pensamientos de no suficiencia no paraban.
Aquello que antes me daba valor ya no estaba, y ese no era un tema nuevo en mi vida.
Así, a kilómetros de casa, el ego también bailaba: me confrontaba, me hablaba, me mostraba.
Y pude corroborar una vez más que, estuviera donde estuviera —Bogotá, Koh Phangan, Goa, Berlín o Faro—, los miedos que necesitaban ser vistos, siempre iban a buscar ser vistos.
Durante los primeros días mis sombras me acompañaron, hasta que poco a poco comprendí que no era el país, ni la cultura, ni la gente, sino la forma de estar conmigo lo que marcaba la diferencia, que no valía por mi movimiento, ni por ser protagonista, sino por mi presencia e incluso en el silencio.
Me quedé en el presente: sintiendo cada emoción, observando cada pensamiento.
Cuestioné mis pensamientos, pues había llevado un libro de Byron Katie que me prestó una amiga, y fue una gran compañía, para quienes no la conocen, la recomiendo 100%.
Recordé entonces una enseñanza budista: “A dónde vaya, ahí estoy.”
Y no podía ser más cierto.
Ahí estaba, con mis miedos frente a mí… y pude bailar con ellos.
Pasé mis días escribiendo, meditando, caminando por la playa y compartiendo conversaciones profundas con personas con quienes me sentía segura para mirar más allá.
Y comprendí que todo depende de mi mirada.
Que no es el lugar.
Que la locación cambia, pero siempre sigo siendo la protagonista de cómo llevo mi vida y cómo conecto con mi alma.
Después de tantos vuelos, he entendido que no necesito más distancia, sino más presencia.
El viaje más sagrado siempre es hacia mi propia alma, y ese, curiosamente, ocurre en el mismo lugar: dentro de mí.
Agradezco cada lugar que pisé en los últimos meses.
Cada uno me dio revelaciones profundas y se convirtió en una puerta abierta para mirar hacia adentro, una vez más, y recordar que no tengo que estar rota para viajar.
Viajar me ha enseñado que no importa el país, la gente o el idioma, que a dónde vaya, me llevo a mí!.



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