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Cuando la muerte toca la puerta…

  • 20 abr 2025
  • 2 Min. de lectura

La muerte es inevitable. No sabemos cómo ni cuándo llegará, pero sí sabemos que un día lo hará. Comprenderla no siempre es fácil, porque nos enfrenta a un territorio desconocido.



Desde distintas culturas, la muerte ha sido interpretada de muchas formas. Sin embargo, en algo coinciden todas: representa la impermanencia, esa verdad profunda de que todo es transitorio. Todo cambia, todo fluye con el tiempo, y la muerte es quizás su manifestación más evidente. Estamos aquí de manera temporal.


Pensar en la muerte puede ser incómodo. Nos despierta preguntas sin respuestas, o respuestas que preferimos no conocer. Pero también es cierto que su presencia nos invita a valorar lo que tenemos. Ante lo efímero, quizás aprendamos a mirar con más atención esos momentos cotidianos que damos por sentados: un mensaje de un amigo, el consejo de un padre, la llamada de una abuela…


No sabemos cuánto tiempo tenemos, pero sí podemos elegir la huella que dejamos en los demás. Así que, cuando la muerte toca la puerta, tal vez el desafío esté en recordar el valor de la vida, incluso cuando todo parece oscurecerse. Porque aunque su visita nos hunda —como si quedáramos atrapados en el lodo—, también nos ofrece la posibilidad de salir renovados, de mirar con otros ojos. Y entonces, descubrimos que la vida está hecha de simples, pero profundos, regalos: un encuentro, una palabra, una despedida, un abrazo.


En mi vida, la muerte no ha sido una presencia constante… y lo agradezco. Pero las pocas veces que ha llegado, lo ha hecho con fuerza. He sentido que no podía seguir, que una parte de mí moría con quienes partían. A veces por el dolor de lo incomprensible, y otras por mi deseo de quedarme cerca de ellos. Es mi forma de mantenerlos conmigo, de seguir sintiéndolos cerca.


Nada me confronta más con la vida que la muerte. Saber que alguien que era parte de mi cotidianidad ya no estará más me lleva a preguntarme:

¿Quién soy ahora? ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Qué quedará de mí cuando me vaya?

Pues una parte de mi identidad se mueve...


La muerte lo cambia todo. Nos obliga a transformar rutinas, relaciones y hasta la manera en que nos entendemos a nosotros mismos. Porque una parte de nosotros se va con quien muere. Y esa parte, poco a poco, hay que reconstruirla. Ahí comienza el verdadero reto: retomar la vida desde un nuevo lugar.


Cuando la muerte toca la puerta, nos regala un instante de verdad que no podemos evitar. Pero sí podemos contemplarlo y preguntarnos:

¿Qué enseñanza trae esta experiencia para mi vida, mientras aún estoy aquí?


Quizás, el mayor regalo de la muerte sea este:

el recordarnos, con total certeza, el valor de estar vivos. 


Paula B.


 

 
 
 

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